La chica del Metro - Alexey Martínez
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La chica del Metro

  De aquellos días juveniles en los que la vida pasaba entre el colegio y la calle, en detalle puedo recordar los dos últimos años, cuando se me dijo que debía cruzar la ciudad en metro para llegar a un nuevo sitio escolar, no es normal y sigo considerando que no era normal, atravesar más de 20 estaciones de metro para estudiar, me enoje con el mundo tal y como niño mimado que era, y me enoje conmigo mismo por no poder hacer nada ante esto.

Paso el primer día y ocurrió un detalle aún peor, me di cuenta que día a día saldría de un sitio donde despectivamente para los que vivían ahí me etiquetaban como un puberto pobretón y llegaría a un sitio en el que por venir del otro lado de la ciudad, despectivamente sería un puberto millonario , el primero en hacerme ver esto fue nada más y nada menos que un profesor que hizo pública mí ya rumoreada procedencia ante el salón.

Como buen adolescente, agrande el problema, me hundí y concentre mi tormento de cruzar en metro todos los días la ciudad.Hasta que un día me percate de algo mientras era dominado por el sueño y la aglomeración de la gente. Luego de unas estaciones, una chica muy hermosa, hacia el mismo trayecto que yo, iba a la misma escuela y parecía contenta. Mi primera pregunta fue, ¿Cómo puede estar contenta? Debe estar loca!.

A partir de entonces creo que fui su más fiel admirador, siempre coincidíamos en el mismo vagón, al tiempo un amigo me explico que eso no era casualidad, que eso suele suceder por las similitudes de horario y las cercanías a las escaleras.

Y entonces el trayecto comenzó a hacerse corto.

Por su cara podía saber (o eso creía, en mi característica imaginación) si había pasado buena o mala noche, si le preocupaba algo o si estaba feliz.Pude averiguar quién era por una amiga y todo porque me parecía increíble que pudiera hacer esa hazaña todos los días y sonreír, creo que en ese momento fue que comencé a escribir, si podía lo hacía de pie o si en un piadoso milagro se libraba un puesto luego de Plaza Venezuela o quizás en Capitolio.

Escribí y escribí,  sonaba el tun-tun, tun-tun, del andar del vagón con sus chillidos en las curvas y mis manos lo traducían en palabras y solo levantaba la mirada para ver que ella estaba ahí, si no sonreía, sencillamente estaba viendo hacia la oscuridad, desafiante, quizás en su cabeza algo imaginaba, yo me preguntaba, ¿Qué quiere? ¿A dónde quiere ir?. Un misterio inexplicable para mí.

Meses pasaron y le pregunte a un compañero muy reconocido en el colegio como cantante y prodigio guitarrista, sobre qué era eso y sencillamente me dijo: eso es que has conseguido una musa, y deberías de aprovechar para escribir una canción. Y así fue.

La canción salió en la semana del colegio, pero nadie supo para quien era, ni de que trataba, creo que solo gustó porque el que la canto, era el más admirado del colegio. En las vueltas de la vida, mi amigo, que su sueño era ser cantante, pues, no lo fue, y yo tampoco termine siendo el gran escritor que todos esperaban.

Pasaron los años y llego el día en que no vería más a la chica del metro,  deje de escribir un tiempo y era obvia la razón.

Al tiempo entre suertes de la vida y de la tecnología, obtuve su contacto, obviamente, lo hice ver como casualidades, debido a que, a pesar de pasar casi dos años de compartir un vagón, no nos conocimos,  por un tiempo hice buena amistad, la tecnología estaba de mi lado.

Pude prolongar mi escritura un tiempo más, pero no era lo mismo, en algún momento se perdió el contacto e inclusive pude ir a una reunión de cumpleaños, quizás esa fue la última vez que la vi.

Luego de casi 10 años, mantengo algún contacto distante, a veces desaparece a veces aparece, yo me volví un adicto al trabajo y a ella, la vida la llevo más allá de las fronteras, una vida de ensueño y lo sé porque en sus fotos siempre está en algún lugar lejano, con su cara de satisfacción, con su característica sonrisa.

Podría decirse que luego de tantos años y recordando a esa chica que miraba hacia la nada en el vidrio del metro, quizás en su cabeza se imaginaba volando lejos de ese vagón, lejos de esa caja de metal que solo tenía un trayecto de ir y venir. Si ese era el deseo  que pasaba por su cabeza, me alegra saber que se le cumplió.